El viejo Francés

Escrito por: jotamar1
5 abril, 2018


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Cuantas veces conversamos, viejo Francés, a la orilla del mar, al final de la calle del mercado, mientras contemplábamos al grupo de turistas en la posada.

Llegamos en verdad a ser amigos, aunque cincuenta años de experiencias nos separaban, tú en realidad  conociste mucho de mí.

De ti solo supe que huiste de Europa al final de la primera gran guerra porque tu alma sensible sufrió el maltrato de cientos de horrores vividos en carne propia.

Escondías tu tristeza en la permanente alegría que transmitías a los demás. Siempre en tu sempiterno traje de baño; oloroso a ser humano, cálido, genuino, real…

Lucias siempre aquella sonrisa desdentada (quizás entre las más hermosas que he visto) haciendo juego con tus inteligentes y chispeantes ojos azules y con el blanco amarillento de tus cabellos despeinados.

Recuerdo que me dijeron que estabas un tanto loco. Que hacía ya años que dejabas transcurrir tus días en aquella playa y que servías de intérprete gratuito para los turistas de todo el orbe que llegaban con sus mochilas a este confín de la tierra fuera de la custodia de Dios. Nunca me dijiste en donde aprendiste tantos idiomas pero los hablabas con soltura, con tu cómico acento afrancesado y tus frases ocurrentes.

Una tarde calurosa de Abril llegaste hasta mi casa feliz porque tu hijo vendría de Francia a visitarte. Dabas vueltas y saltos a mí alrededor, con la exultante alegría de un niño añejo que volverá a ver a alguien  a quien ama después de casi veinte años de lejanía. Delirante te sentaste a mi mesa y yo abrí aquella botella de vino tinto Chileno (la competencia, me decías, no son como los franceses pero resultan buenos sucedáneos cuando el cuerpo lo pide). Cantamos ya olvidadas canciones de tu Marsella natal, que te empeñabas en enseñarme, y te burlabas de mi acento “francés costeño” cuando intentaba pronunciar la letra, que además no comprendía.

A la mañana siguiente te vi por primera vez vestido con tu arrugada ropa ya pasada de moda pero realzada por tu porte elegante. Subiste al automóvil rentado en el que tu hijo había llegado temprano y te despediste con un beso volado desde tus desnudas encías.

Te miré partir y volteaste de nuevo a verme. Noté que llorabas pero sabía que de contento.

Fue la última vez que te vi. Yo debí mudarme unos días después porque mi trabajo así lo exigía y no regrese a aquel pueblo sino muchos años luego de mi partida. Nadie había vuelto a verte por allí.

Con el pasar de los años supe que tu hijo había ido a buscarte para internarte en una casa hogar de ancianos en el puerto y jamás habías regresado.

Hoy, que ya casi llego a esa edad que tu tenías al conocernos, sigo recordándote como el amigo entrañable que siempre se lleva en el corazón y tu memoria es mi aliento cuando la felicidad se me hace esquiva y cuando contemplo el azul del mar, que es el mismo de tus nunca olvidados ojos…

 

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Categoria: Microrrelatos |

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