El capitán

Escrito por: Claudia M.
16 febrero, 2018


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Hoy recorrimos el camino embarrado sobre una motocicleta destartalada, yo junto al extraño Capitán. Deshacíamos el camino que, diez días atrás, nos había llevado a aquel rincón abandonado por la civilización, donde las reglas que imperaban eran fruto de la misma población que debía acatarlas. Entonces no sabíamos qué encontraríamos en aquel lugar, era desconocido todo aquello que no se disponía ante nuestros ojos, deseábamos oculto todo aquello que no fuese el ahora. Sin embargo, el transcurso inevitable de cada segundo nos colocó de nuevo en la misma carretera de tierra en la que unos días antes combatíamos a la exaltación de la incertidumbre.

Las nubes embellecían las montañas dispuestas en la distancia, formas de grisáceo algodón que bordeaban las elevadas sombras del horizonte. A medida que las montañas se acercaban a nosotros, iban adquiriendo definición, permitiéndonos las más cercanas distinguir la verdosa arboleda que se extendía en todas direcciones. Aprendí entonces que los campos de trigo pueden ser verdes, verdes brillantes a pesar de la ausencia del sol. Reflejaban luminosidad por sí solos, una luminosidad que contrastaba con ese fondo de oscuras siluetas, donde el horizonte encontraba sus límites.

A esas horas de la tarde quedaban ya pocos hombres trabajando la tierra, repartidos a lo largo de la inmensa extensión. Constituían destellos de colores que, aún rompiendo la verdosa homogeneidad, otorgaban una armonía literaria.

Entre charco y charco discurríamos los dos, alejándonos rápidamente de su aldea, aquel rincón donde Claudia y yo fuimos capaces de encontrarnos. De repente se desató un chaparrón que hizo desaparecer toda belleza extendida a mí alrededor, condenando cada detalle observado a los límites de mi memoria, impregnada de cada resquicio de aquel paraíso. Capaz solo de desunir mis párpados durante leves instantes, pude recoger la luminosidad de un rayo de luz a través de la espesa neblina, el encharcado barro que sostenía nuestro avance, la silueta de un desconocido que había pausado su arduo trabajo.

Finalmente, la intensidad de la lluvia me obligó a abandonarme a la oscuridad. Dejé entonces de apreciar la belleza a través de mis ojos, y pude solo percibir  el goteo constante de la lluvia convertida en un oleaje sobre mi rostro. De repente oí mi propia risa, brotando de algún rincón oculto y rompiendo la armonía que solo es capaz de otorgar el silencio humano. Acto seguido, fue el Capitán el que dejó brotar su propia carcajada, cómplice de aquella sensación de felicidad plena que me embargaba. A oscuras seguimos avanzando los dos, sosteniéndonos sobre un vínculo que va mas allá del idioma y de la cultura de cada uno, siendo ambos partícipes de un instante irremplazable, marcado por risas intermitentes y efímeros parpadeos.

 

 

 

 

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Claudia M.

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Categoria: Microrrelatos |

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