La compañia.

Escrito por: danencal
17 enero, 2018


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Ese día había recibido un llamado telefónico de uno de mis mejores amigos de la infancia, de ésos que uno lleva fuertemente apuntalado en el corazón, pero que tristemente el destino había querido que nos distanciáramos. Muchísimo gusto me había dado volver a escucharle, hacía tiempo que nada sabía de él.
El ¿Cómo estás? había sonado en mis oídos como una salvadora e inesperada forma de poder disipar todas mis angustias de esa noche.

Inmediatamente me nació la necesidad de contestarle:

– Muy solo.

Su amable, y por mí esperada respuesta, fue:

– ¿Querés que hablemos un poco? ¿Crees que te pueda hacer bien que vaya hasta tu casa?

Le respondí que “Sí”. que su llamada había sido una bendición del cielo, y sin cuestionarlo en lo absoluto se prestó a venir conmigo inmediatamente.

En menos de quince minutos estaba llamando a mi puerta. Más viejo y algo pelado, pero con la misma cara de buen tipo y con esa inseparable sonrisa con la que siempre se solía presentar.

Hablamos hasta muy entrada la madrugada, de mis problemas en el trabajo, de los dramas de mi familia, del desafortunado episodio que llevó a que mi novia me dejara para siempre, de mis deudas… y como si realmente me lo hubiera mandado dios, él me escuchaba atentamente, apenas me interrumpía para intercalar las exactas frases de aliento que nesecitaba, como sabiendo de antemano que con esas pocas palabras que pronunciaba mis pensamientos irían tomando otro curso y mi estado de ánimo se viera increíblemente beneficiado.

Cuando él observo que ya me sentía mucho mejor me dijo que se tendría que ir, pues en cualquier momento iba a amanecer y temprano tendría que ir a trabajar.
Totalmente sorprendido y con una nerviosa sonrisa, mezcla de preocupación y culpa, le pregunté el porqué no me había dicho que debería ir a trabajar, pues no iba a poder descansar absolutamente nada.

El sonrió y me dijo:

– No hay problema, para eso estamos los amigos.

Me sentí feliz y orgullo de tener un amigo así. Lo acompañe a la puerta y cuando estaba entrando a su coche, casi gritando le pregunté:

– Y a todo esto, ¿Por qué llamaste anoche tan tarde?

Él regresó y me dijo en voz baja:

– Es que te quería dar una noticia…

– ¿Qué pasó?

– Fui al doctor y me dijo que estoy muy enfermo, y que no saben si me voy a poder curar.

Yo me quedé mudo, un frío intenso me recorrió todo el cuerpo y creo que en mi expresión todos mis sentimientos quedaron muy fielmente reflejados. Él sonrió, y me dijo:

– Pero de éso, ya hablaremos en otro momento. Que tengas un buen día…

Se dio la vuelta y se fue.

Pasé un buen rato en la vereda sin poder mover si quiera un pie, creo que me costó varios minutos asimilar lo que había sucedido,
¿Por qué cuando me pregunto cómo estaba me olvide de él y me preocupe solo por mí?
¿Cómo tuvo fuerzas para sonreírme, darme ánimos, estando él en esa situación?
¿Cómo pudo en tan poco tiempo y cuando yo sólo fui el que habló, enseñarme mucho más que nadie sobre la vida?

Desde aquel día siento que mi vida ha cambiado, soy menos dramático con mis problemas, intento disfrutar más de las cosas buenas y simples que me da la vida, aprovecho mucho más el tiempo con la gente que quiero.

Y por supuesto que no dejé de preocuparme por él, lo acompañé todas las veces que pude a sus controles y compartimos juntos sus últimos momentos, ésos en los que su cansada y triste sonrisa, ni por un instante dejó de brillar.

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Categoria: Microrrelatos |

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