Desdicha Del Vampiro

Escrito por: Alex Aris
6 julio, 2017


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−Sabes que ya está, todo acabó, condenada estoy y así seguiré toda mi eternidad, la que tú me entregaste, por amor o por necesidad, eso ya da igual. Solo estás, porque aunque yo siga a tu lado, sabes que así seguirá siendo, pues agotada de ti me siento. Ya perdí la ilusión y las ganas de amar; no como tú, que no eres capaz de olvidar, que me convertiste en esto que soy para volver a sentir aquello que perdiste al morirse, siendo humana. Yo no soy aquella a la que un día siendo mortal amaste, y tú tampoco eres aquél, somos distintos, pero no lo quieres reconocer.
−Quizás lleves razón, o ciertamente la lleves. Yo también me siento agotado, pero quería…
−Lo que tú quieres no volverá jamás, resígnate o sé infeliz, yo con mi miseria tengo suficiente, no quiero otra con la que cargar. Puedes seguirme allá donde vaya, te complaceré incluso en algún vago deseo que tengas, pero no quiero tu eterna compañía, ni yo quiero darte mi compasión; quiero estar sola, quiero salir a matar y saciarme con la sangre de las criaturas que tienen la suerte de la incertidumbre de la llegada de su muerte. Pues es lo que soy, lo que me hiciste ser, nada más, sólo eso, nada más…
−Está bien, incapaz soy de pedirte perdón, pues en mi insensatez y mi locura sigo inmerso. No quiero este final, pero es el único al que optamos, ya que incluso nosotros podemos tener nuestro fin.

Se puso de pie, se dio la vuelta y esperó, sin decir nada más, habiendo comprendido todo lo que había que comprender. Sentada en la tierra húmeda por la fragancia del mar, ella lo miraba sin pasión, en el ocaso de la noche, vislumbrando en el horizonte el nacimiento de un nuevo día.
Entonces se levantó y empezó a caminar en dirección contraria al mar, mientras él lo hizo opuestamente, sin dejar de mirar el horizonte que poco a poco dejaba de ser oscuro y lleno de estrellas. Y no paró, introduciéndose poco a poco en las aguas agitadas de la mañana, hasta que le llegó el agua a la cintura y se arrodilló, y volvió a esperar. Ella ya estaba lejos, no volvió en ningún momento su pálido rostro para verlo, no quería ver, no hacía falta, no era necesario, y no sentía nada en su interior gélido que la empujara a ello.
Y al viejo panteón familiar volvió, después de los años pasados, con la eternidad por delante, con la eternidad pasada, a su dolor y su bienestar al dormir, hasta la noche caer. Introducida en su ataúd, nada más aparecidos los primeros rayos de sol, no tuvo tiempo de recordar, de pensar, de olvidar, únicamente al sueño por completo se entregó.

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Alex Aris

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Categoria: Microrrelatos |

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