Un cuento de Navidad

Escrito por: JaimeLopea
29 diciembre, 2016


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Flipante lo de anoche. Había oído que nacía el niño dios en el portal de Belén. Así que me dirigí a Gijón a casa de mi hermana Belén y nada, aquello estaba más vacío que una iglesia por semana. Pensé que quizás se refería a la casa de mis padres y volví para Oviedo. Efectivamente allí estaban: una pareja de inmigrantes con un recién nacido. -Vengo a adobar al niño- dije enérgicamente. -¿Qué?- preguntaron atónitos. -El puto corrector- respondí- A dorar al niño. – Nuestro hijo no es un pavo- díjome el maromo. – Lo de vuestro ya lo hablamos luego- contestele – pero que conste que fue otra vez el puñetero corrector. Vengo a adorar al niño. Y le traigo como presente todo lo MIO (mirra, incienso y oro) – Pues se agradece- continuó hablando el susodicho- pero la mirra es un poco asquerosota, mi señora es alérgica al incienso y en cuanto al oro… ¿qué hacemos con él? ¿Cree usted que alguien se iba a pensar que lo bateamos en Tineo? Acabaríamos en la cárcel. ¿No tiene unos euritos, un bocata de jamón de Huelva o algo así? -Me habéis llegado al corazón- respondí- Creo que tengo algo mejor. Saqué las llaves de casa, les acompañé hasta el quinto y en un par de horas y con ayuda de mi amigo Toño, todos los muebles que me había llevado regresaron al lugar de donde nunca debían haber salido. Obvia decir que la pareja se deshizo en elogios, (vaya, ya lo he dicho). Insistieron en que me quedara a cenar pero debía seguir mi camino. Mientras me despedía de la amable pareja juraría que el recién nacido me guiñó un ojo. Volví a mi casa satisfecho. Desde niño, y gracias a Zipi y Zape, había procurado hacer al menos una buena obra al mes. Hoy había hecho la buena obra del siglo, de la eternidad quizás. Aquella noche dormí como nunca. Al menos hasta que… Me despertó una sensación de ahogo, me faltaba el aire. En principio creí que era un mal sueño, pero no. Al abrir los ojos contemplé a mis hermanas intentantando ahogarme con la almohada – ¡Serás gilimemo!- decían todas al unísono. No oí nada más. El intento se saldó con éxito. Cuando volví a despertar un coro de liras me acompañaba. ¡Estaba en el cielo! Todo había merecido la pena. Un paisano de barba blanca me condujo hacia un gran salón. – San Pedro, supongo- comenté. Pero no contestó. Me señaló un sillón y desapareció. Y entonces entró ella: radiante, luminosa, perfecta. – ¡Era cierto!- exclamé- ¡Sois mujer! – Simplemente soy – se limitó a contestar. – Si me habéis traído aquí para sentarme a vuestra diestra por haber dado cobijo a vuestro hijo sabed que no es necesario, sólo hice lo correcto. Y  sabéis que lo hubiera hecho por cualquiera pero decidme ¿porqué me elegisteis a mí?. Y mirándome fijamente y con una sonrisa socarrona, contestó: -¡Serás gilimemo!

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JaimeLopea

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Categoria: Microrrelatos |

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